Diana María

Por Raúl Rios Fernández

El nacimiento de un niño es un feliz acontecimiento familiar que merece ser apreciado desde diferentes perspectivas. Está la visión de la madre, que lo alberga en su seno durante nueve meses y una vez que nace siente que ese pedacito de vida ya no le pertenece, de ahí que viene la depresión pos parto.
Está la visión del padre, que, entre otras cosas, espera su advenimiento con ansias para celebrar con sus amigos. Está la visión de los abuelos, que sin haber llegado al mundo ya le pusieron nombre, le escogieron colegio y hasta en que universidad estudiará medicina como el abuelo. Y hasta la visión de los amigos, que esperan el nacimiento con desesperación para, entre otras cosas, celebrar con el feliz padre quien les invitará tragos gratis y repartirá habanos a todo aquel que lo felicite por el nacimiento de la criatura.

Tallarin-saltado

Diana María nació un caluroso 25 de enero, en épocas que resultaba difícil aun precisar el sexo de una criatura y mucho menos programar la fecha de su nacimiento. Todos en la familia esperábamos su nacimiento, pero de lo que no nos percatábamos era que podría ser la primera nieta en la familia. Luego de seis nietos consecutivos, la llegada de una mujercita se hacía esperar demasiado, pero al parecer nadie lo notaba.

Yo estaba en casa con mi mamá, quien no disimulaba su expectativa. Mi hermana Ana María estaba internada en el hospital desde la víspera, Alfredo la acompañaba todo el tiempo, y en casa vivíamos pendientes de la llamada telefónica que anunciara el nacimento. Mi mamá estaba tan inquieta que no quería siquiera cocinar, cosa rara porque es la pasión de su vida, pero ese día la cocina, habitual reino de mamá, permanecía en silencio, sin el consabido trajinar de ollas y sartenes.

Pero algo había que comer ese día, así que me animé a cocinar unos ricos tallarines saltados con pollo. Mi madre me iba indicando cómo, empecé picando mis cebollas en juliana, pelando y picando mis tomates en concasé, haciendo mi aderezo con ajos, sal, pimienta y comino, mientras que en otra olla se cocía la pasta a todo vapor. La mañana avanzaba, el calor se acentuaba y llegado el mediodía sonó el telefóno, era Alfredo con la noticia, nació, pero la pregunta era: varón o niña, era una niña, se lo dije a mamá y no había terminado de contarle y ella estaba saliendo por la puerta, volando hacia el hospital, solo alcanzó a decirme: avísale a la abuelita Isabel.

Yo terminé mis tallarines saltados con pollo, los serví en una fuente, los cubrí con un secador y me fui a dar la buena noticia a la abuelita Isabel. Cuando me aparecí en la puerta de su casa me dijo: Qué fue, cuando le dije mujer, casi pierde el conocimiento, pero igual agarró su cartera y salio rumbo al hospital.

Cuando regresé a casa dispuesto a servirme un suculento plato de tallarines, llegó mi papá y le di la noticia. Sin pensarlo dos veces me dijo: Vamos para el hospital. Así que nos fuimos y la fuente quedó intacta. Cuando regresamos por la noche cansados pero contentos con el acontecimiento, fui a la cocina para calentar los tallarines, pero encontré la fuente vacía. Ni siquiera los probé, pero valió la pena porque ese día, que era el mismo día del cumpleaños de mi tío Víctor, había nacido la primera nieta de mis padres, mi primera sobrina, era un acontecimiento familiar importante para nosotros, había nacido Diana María.

Lima, febrero 2011

¿Disfrutaste esta entrada? Por qué no dejas un comentario abajo y continúas la conversación, o te suscribes a mi feed y obtienes artículos como este enviados a tu lector de feeds.

Comentarios

Felicitaciones!!!!!
¡Qué linda historia de la vida real!

Deja un Comentario

(requerido)

(requerido)