Hasta mañana papá Arturo

Los rizos de viruta rebalsaban el contenedor y yo era feliz estrujando cada uno hasta que me arañaba o clavaba una astilla en el dedo. Mi abuelo Arturo, luego de jubilarse dedicó sus años a la madera y tenía un pequeño taller en el último piso de la casa. Yo crecí cerca de su mesa de trabajo y vienen a mi mente tantos recuerdos como el aroma del barniz,  su galonera de thinner o sus armarios de herramientas perfectamente ordenados.  

Mi papá Arturo fue hijo de un aprista peruano y una chilena, tuvo una infancia difícil porque fue separado de sus padres de pequeño por efectos de la persecución política, pero luego se reunieron nuevamente. Él no habló mucho sobre ello. Se casó con mi abuelita y tuvo 6 hijos y 17 nietos por los que trabajó hasta que tuvo fuerzas y con quienes compartió todo lo que tenía hasta el final.

Arturo Ríos MalbránEl recuerdo más lejano que tengo con él es el de esta foto y creo recordar que me dijo que me pare derechita mientras yo jugaba a hacer sonar el vaso plástico, tenía 2 años. En esa misma época él me cargaba en sus brazos y me balanceaba como un columpio al ras del suelo, lo que era para mi divertidísimo pero aún no sabía cómo pedir que lo vuelva a hacer. Siempre me decía al verme “Dianita María”, igual que a mi mamá “Anita María”.

En 1992 empecé el colegio y él me recogía por las tardes porque su casa estaba a unas cuadras. En 1993, aprovechando la cercanía yo, dormía de domingo a jueves en su casa para llegar temprano a clases, así que vivimos juntos cerca de 9 meses que nos llevaron a conocernos y querernos más.

Se levantaba muy temprano en las mañanas y prendía su radio portátil super antiguo, escuchaba radio “Cora”, sus sandalias golpeaban el piso y él vestía una bata celeste. Ordenaba su cuarto y salía con un jarrito cargando su cepillo de dientes, varios peines, su máquina de afeitar, jabones,etc. Tocaba la puerta del cuarto de mi abuelita donde ella y yo dormíamos: “toc toc toc Milaa..” y mi abuelita respondía que ya estábamos despiertas pero nos quedábamos en la cama 5 minutos más.

Él bajaba a la cocina, obviamente se llevaba su radio portátil sintonizando “radio cora” y en bata se encargaba de servir el desayuno: calentaba el pan deliciosísimo en una “lata” que no era otra cosa que una especie de sartén sin aceite, ordenaba la mesa perfectamente colocando manteles en cada sitio y todos los cubiertos que nos harían falta, vaciaba el tarro de leche Gloria en una jarrita, dejaba la mantequilla, por lo general dorina, el azucarero y a veces se sentaba a desayunar conmigo antes de ir a clases, pero por lo general continuaba con sus labores de la mañana, previas a tomar su “baño diario”.

Retirar la basura de los tachos, llenar botellas o baldes con agua (épocas de escasez), poner ropa a lavar eran algunas de sus tareas matutinas, marcar el calendario con una equis, todo esto alrededor de las 7am. Cuando ya se había afeitado y terminado sus primeras gestiones del día se metía a la ducha, no sin antes despedirse de mi, porque me iba al colegio acompañada por mi abuelita.

Recuerdo que siempre tenía una sonrisa y muecas para mi, comenzaba la mañana de buen humor, sin embargo podía pasar de la alegría a la histeria en 3 segundos. La hora del desayuno podía traer motivos de discusión entre mis abuelitos, muchas veces porque yo no quería tomar la leche y luego de que él insistía, mi mamá Mila me apañaba la desobediencia y empezaban a discutir gritando de esquina a esquina de la cocina. En los 3 minutos siguientes, luego de que se habían dicho sus vidas enteras mutuamente, terminaba mi desayuno y nos íbamos al colegio.

Por las tardes mi abuelita estaba en la cocina, viendo su novela o atendiendo a mi tío que venía a almorzar, por lo que me recogía mi papá Arturo del colegio, por lo general a la 1pm pero a veces a las 4 porque me quedaba a mis entrenamientos de basket. Cuando volvíamos en un día normal tomaba mi mano caminando él siempre hacia el lado de la pista (así que en el camino íbamos rotando) y con la otra mano llevaba mi mochila y mi lonchera.

Él me preguntaba qué tal el colegio y yo siempre me sentía culpable porque no sabía qué contarle y solo respondía “bien”. De verdad trataba de recordar alguna cosa interesante que decir, pero todo me parecía tonto o irrelevante. Yo no hablaba mucho en el camino y más bien él iba diciéndome cosas a mi, como por ejemplo que era mejor cruzar la pista por la mitad porque si cruzábamos por la esquina y un auto doblaba a velocidad nos podía atropellar. Cuando volvía de un entrenamiento de basket me preguntaba “¿ganaron o perdieron?” y lamentablemente la mayoría de veces respondí que perdimos o que  no nos tocó partido ese día, pero fui feliz cuando pude decir que ganamos y él se puso muy contento y me dijo “¿ya ves?, poco a poco, tienen que seguir practicando para mejorar”.

Nunca me olvido de su pantalón gris, a veces remendado y su camisa blanca, perfectamente planchada por él mismo, en ocasiones era una guayabera y siempre tenía un bolsillo al lado izquierdo donde guardaba la funda de sus lentes. Hasta hace poco lo he visto, ya postrado en la cama, hacer un ademán de buscar sus lentes en el bolsillo. Últimamente sus recuerdos tuvieron idas y venidas, a veces me reconocía y me sonreía y hacía muecas y preguntas, otras tantas me miraba con cara de curiosidad o sorpresa. Pero sus buenos modales, sus manías de limpieza y corrección nunca las perdió.

Algunas de sus frases más recurrentes conmigo, especialmente de niña: “Llévame despacio que estoy apurado”, ”Las escaleras se suben y se bajan despacio”,  “Muy agradecido”, “En la vida siempre hay alguien que sabe más y alguien que sabe menos que tú”, “Buenos días por la mañana”, “Espera, hija, espera”, “Buen provecho”, “La salud es lo primero”, “Así como te ven te tratan”, “Baño diario”, “¡Dianita María!”. Todo esto me lo dijo muchísimas veces en mi vida porque él tenía un cassette interno con todo esto y más.

También no olvido que íbamos juntos a comprar el pan donde “don lolo” o “karina” o a la tienda de abarrotes de “chicho”. Él tenía sus caseros en el mercadito de Yauli y había una tienda donde me compraba un beso de moza, que era todo lo que yo deseaba durante el camino.  Siempre que como un beso de moza me acuerdo de él.

Una vez cogí una moneda de 5 soles de su cajón y él se dio cuenta muy pronto que le faltaba, pero no se imaginaba por mi edad que podía haber sido yo, hasta que tal vez confesé o no le quedó otra que convencerse de que yo había sido. Sé que me habló dulcemente y a partir de entonces empezó a darme propinas de vez en cuando. Yo tenía 7 años y ya existían las golosinas del kiosko, así que una moneda de 2 soles me hacía muy feliz. Imagino que porque era mi abuelo no fue más severo, pero entendió que yo necesitaba algunas monedas y finalmente nunca más volví a robarle dinero, así que no fracasó en su estrategia.

Recuerdo que tenía un cofre hermoso de madera donde guardaba una tijera retráctil, aguja e hilo. Tenía una pequeña biblioteca y de vez en cuando aparecía algún ejemplar nuevo, pero estoy segura de que releía sus mismos libros de vez en cuando. A veces yo me daba una vuelta y los revisaba, me sentaba en su cama y él se percataba de mi paso por su habitación porque cada mañana dejaba la cama perfectamente tendida, sin una sola arruga. De la misma manera sus repisas siempre estaban acomodadas igual así que si yo tocaba alguna cosa de allí o de su taller, a su regreso él lo sabría y me haría algún comentario al respecto.

Los sábados sacaba todo de su cuarto para limpiar y ordenar. Por las tardes, antes de ir a comprar el pan planchaba su ropa. Su manera de tender en los cordeles lo que acababa de lavar era impresionante, no importaba si era una camisa o un trapo, siempre estaba todo alineado, por lo general de cabeza (los cuellos hacia abajo), se tomaba su tiempo para hacerlo bien y seguramente al recogerla, estaba casi planchada.

Algunas veces pude coger sus herramientas del taller y hacer alguna gracia como un comedero para aves, cuyo modelo había visto en mi libro de ciencias naturales. Él quedo sorprendido pensando que todo se me había ocurrido a mi sola y de la habilidad que tenía para poner todas las maderas, clavarlas y armar un aparato estable donde colocar en alto envases con agua o comida. Nunca le dije que me había copiado del libro, igual nunca dije muchas cosas. Lo importante es que él estuvo orgulloso de mi, yo tenía 8 ó 9 años.

Una de mis anécdotas favoritas con él es que aparecieron pericotes en una época y él les dejaba trampas que en la noche sonaban y a la mañana siguiente él ya había desaparecido. Una noche le pedí antes de acostarme que no bote el pericote que sería atrapado esa noche por la trampa que él había dejado y así lo hizo. Lo guardó en una bolsa transparente y cuando bajé para ir al colegio me lo mostró antes de echarlo al tacho, yo me reí y él se divirtió de verme reír, luego lo botó.

Arturo Ríos Malbrán

Esta es una de las últimas fotos que me tomé con él en mi cumpleaños del 2012, me cantaron “happy birthday” y le pedí que me acompañe a soplar las velas. Ese día sentí que ya no habrían muchas oportunidades de soplar las velas juntos y realmente fue la primera y última.

El 10 de enero cumplió 84 años y fue un día muy emocionante para él y también para mi, nunca habíamos festejado como ese día y nunca lo había visto sonreír tanto por tanto tiempo, pese a que tenía puesta una sonda alimenticia, que no podía caminar o que estaba lejos de su casa. Le agradezco mucho por habernos regalado ese día, ese recuerdo.

Nos dejó el 9 de marzo y el 7 fue la última vez que pude verlo con vida. Se veía cansado y con ganas de dormir. Nos dijo tantas veces “hasta luego” o “cuidate”, que me pareció que en verdad se estaba despidiendo para siempre. De la nada me dijo varias veces “muchas gracias”, pienso que ese día tal vez me confundía con la doctora, pero tuve la oportunidad de responderle “no, más bien gracias a usted” y hacerle los últimos cariños que pude. Deseaba en el fondo que la crisis de salud que pasaba en ese momento fuera la última y así fue.

Voy a extrañar verlo de vez en cuando, en esta última etapa estuvimos más cerca que años previos por las visitas los fines de semana. De hecho ha marcado un momento en nuestras vidas su enfermedad, que gracias a Dios no se prolongó más. Espero que si es posible ya esté junto a su mamá Esther y su papá Samuel y a sus hermanos por los que estuvo preguntando últimamente (Lorenzo, Adrián, Renée, Samuel) y que nos volvamos a encontrar en algún “espacio-tiempo” como decía él. Tal vez porque aún no me acostumbro tengo la idea de que nos volveremos a ver, así que me despido de él como cuando me iba a dormir. Hasta mañana Papá Arturo y él me dirá “Hasta mañana, hija, que descanses”.

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Comentarios

Muy lindo el post, y que bonitos recuerdos, gracias por compartirnos, mi abuelo murió cuando yo tenía menos de 10, no recuerdo tantas cosas, pero a los 2 años me enseñó una poesía que aún recuerdo, no se como, pero ahí está para hacer llorar a las tías en alguna reunión familar.

Un abrazo.

Morena: Gracias por el comentario Ser, es cierto, recién he caído en la cuenta de que no todos tenemos la suerte de compartir con los abuelitos, por lo general duran poco o uno ya no alcanza a conocerlos. Y aún estando con vida es posible que no llegues a tener una relación con ellos así que me sentiré afortunada por poder contar todo esto :) ¡Deberías recitar la poesía! y grabarla en un youtube o al menos enseñársela a tu hijito.

Da mucha pena cuando un ser querido se va, pero los recuerdos son lo más lindo que nos queda de ellos. Has hecho bien en escribirlos, por si alguna vez se te olvidan, puedas volverlos a vivir :)
Morena: Sí Male, espero que vengan más recuerdos con el tiempo. Gracias por leer!

Me has hecho llorar, hijita, no sabes cuànto siento lo de tu papà Arturo.
Diana: No llores tía, mi abuelito ya puede descansar al fin :) un abrazo.

Morena, tu relato muy lindo , me hizo recordar a mi Tío Arturo, aunque no compartía mucho con la familia, en mis recuerdos siempre está con su amplia sonrisa, y su amabilidad, y sobretodo muy educado, cosas que siempre tendré presente . Ahora descansa en paz , junto a sus seres queridos DIOS TE TENGA EN SU GLORIA TÍO ARTURO
Diana: Gracias por los buenos deseos para mi abuelito, qué bueno saber que recuerdas esas cosas :)

Que bonitos recuerdos sobrina, me transportaste totalmente visualice a mi padrino con cada vivencia tuya, me omosione tanto como tu, imagino al escribirlo…… me encanto …… cuantame mas!!!!
Diana: Gracias tía, seguro que luego subiré algunas fotos para que sigamos recordando. Un beso!

lindos recuerdos primita tambien me recuerdo mucho cuando viviamos en tu casa a lo lejos recuerdo cuando dormiamos todas juntas lindos recuerdos arturo rios malbran descanse en paz

Gracias familia, Jeanette eras la más pequeña, tal vez 5 años cuando compartimos un año de nuestra infancia, todos tenemos buenos recuerdos de la laboriosidad de tu mami, tía Rosita y que bueno poder traer a nuestra memoria aquellas vivencias.Así han sido mis padres solidarios y generosos siempre, un fuerte abrazo prima hermana.

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